domingo, 3 de enero de 2016

La Biblioteca Vaticana quiere más investigadores

CIUDAD DEL VATICANO.- No hay nada secreto, no hay nada inaccesible y no se parece en nada a una novela de Dan Brown, explican nada más entrar en la Biblioteca Vaticana, donde quieren más investigadores para explorar los millones de documentos del archivo de los papas.
 
La Biblioteca vaticana, con sus 1.600.000 libros, de ellos 8.400 incunables, y otros cientos de miles de estampas, fotografías y diseños que la hacen una de las bibliotecas más grande y fascinante del mundo, quiere sacudirse su fama de “secreta” e “impenetrable”.
“Está claro que no se puede dejar entrar a todo el mundo. Pero esto pasa en cualquier gran biblioteca importante, donde se custodian importantes volúmenes”, explica la española Angela Núñez Gaitán, directora del departamento de restauración de la Biblioteca Vaticana.
Para poder consultar tanto la Biblioteca Vaticana como el Archivo Secreto del Vaticano, donde se guardan los documentos vinculados a la Santa Sede y a los pontífices, es necesario reunir una serie de requisitos y justificar la necesidad de “tocar con la mano” los delicados volúmenes y manuscritos.
“La gran diferencia con el resto de las obras de arte y objetos antiguos es que el libro hay que tocarlo, hay que pasar sus páginas para que revelen su belleza y esto lo puede dañar para siempre”, explica esta sevillana a cargo de uno de los departamentos más importantes de la Biblioteca.
“No puede ser por el fetichismo de tener un incunable en las manos”, añade Núñez, quien tiene la responsabilidad de conservar por los próximos siglos el valioso patrimonio vaticano.
La mayoría de los documentos de la Biblioteca Vaticana, así como los que ya han sido desclasificados del Archivo Secreto del Vaticano, se han digitalizado o lo harán en breve y se pueden consultar en internet, pero aún así sus pasillos repletos de estantes están abiertos a cualquier consulta.
“Nos gustaría tener más personas que vienen a la Biblioteca de las que tenemos”, asegura la secretaria de esta institución apostólica, Raffaella Vincenti.
Vicenti explica que “existe un aumento” en estos últimos años de las peticiones para realizar consultas, “pues los estudiosos que venían eran ya mayores y poco a poco van faltando”.
“Están abiertos a todos los investigadores, a aquellos que están haciendo la tesis de doctorado o en algunos casos incluso a los universitarios”, explica Vicenti.
Pero cada vez más son menos los que piden poder consultar un libro de los archivos vaticanos en las dos salas de consultas disponibles.
La más austera es la de la zona de los manuscritos, donde en su techo resalta el escudo pontificio de Sixto V, el papa que encargó al arquitecto Domenico Fontana realizar un grandioso proyecto de ampliación de la entonces reducida biblioteca.
Imponente es la de consultas de los libros, la llamada Sala Leonina, construida en dos niveles, y presidida por la estatua de Santo Tomás de Aquino, una de las mayores figuras de la teología.
Como cualquier biblioteca, también esta tiene sus “carnés” para poder entrar.
“En el último año hemos emitido caso 900 nuevos carnés y hemos renovado otros 1.500”, señala con orgullo Vicenti que agrega que en este año han tenido 14.000 ingresos de lectores en las salas de estudio con una media de 74 personas al día.
Los estudiosos que acceden a la Biblioteca provienen de todo el mundo, la mayoría de Italia y Estados Unidos, seguidos por franceses, alemanes y españoles.
Uno de los asiduos de la Biblioteca de los papas es el catedrático de Paleografía y Diplomática de la universidad de Valencia, Francisco Gimeno Blay, revelan.
Sus trabajadores destacan que la Biblioteca del Vaticano no es un archivo religioso sino “humanístico” y que se conservan en sus estantes manuscritos autógrafos de Juan de la Cierva, Azorín, Manuel de Falla, Unamuno o Valle Inclán.
Para aquellos que no tengan los requisitos, la Biblioteca organiza de vez en cuando exposiciones como la que celebró después de su restauración en 2010 tras tres años de cierre.
En aquella ocasión se expusieron para todos los visitantes su pieza más valiosa y antigua: dos de los papiros Bodmer (el 14 y el 15), descubiertos en Egipto en 1952, fechados entre el 170 y 220 después de Cristo y que contienen parte del Evangelio de San Mateo y de San Juan.
Para aquellos que consigan entrar, otra joya por explorar es la cafetería de la Biblioteca construida respetando los restos de la fuente que Bramante había diseñado para uno de los patios del palacio vaticano.

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