sábado, 29 de junio de 2019

El fontanero español de Wojtyła: Franco, Navarro-Valls y el verano de los tres papas


MADRID.- Las negociaciones entre el Vaticano y el Gobierno socialista sobre la exhumación de Franco han generado varios momentos memorables para la semiótica y la comunicación política. Se podrían resumir así: el Vaticano manda un mensaje exquisitamente ambiguo sobre su posición —en el que no dice ni sí ni no a la exhumación de Franco, sino todo lo contrario— y el Gobierno se apresura a venderlo como un sí rotundo a sacar al dictador del Valle de los Caídos... Pero no hemos venido aquí a hablar del Gobierno sino del Vaticano, y de su ya legendaria capacidad para decir solo lo que quiere decir (que pueden ser muchas cosas, nada en absoluto o todo ello a la vez), se relata en El Confidencial

Si le parece que estas sutilezas comunicativas de la diplomacia vaticana rozan la opacidad, quizá no se equivoque, pero no es menos cierto que eran mucho más agudas hace cuatro décadas, cuando aterrizó ahí el murciano Joaquín Navarro-Valls (1936-2017) para intentar que el Vaticano empezara a hablar un poco más a las claras (dentro de sus tradicionales límites nebulosos).
Navarro-Valls era el corresponsal setentero de ‘ABC’ para Italia y el Mediterráneo Oriental. En el Vaticano cubrió el siniestro estío de 1978, el verano de los tres papas, con el fallecimiento de Pablo VI, la elección de Juan Pablo I, su repentina muerte, y la sorprendente elección de Juan Pablo II, 'thriller' religioso plasmado por Navarro-Valls en el libro Fumata blanca.
Seis años después, Wojtyla le nombró director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, y más tarde, portavoz, cargos que conservaría durante los primeros 15 meses de papado de Benedicto XVI. Fueron 22 años al frente de la comunicación del Vaticano con cierta aureola mítica: Navarro-Valls, numerario del Opus Dei, modernizó la comunicación del Vaticano. He aquí la tesis del libro ‘Navarro-Valls. El portavoz’, editado por su hermano Rafael Navarro-Valls, en el que varios periodistas y académicos del entorno amable de Navarro-Valls glosan su carrera.

El poder de la comunicación

La idea de Navarro-Valls cuando llegó al cargo era la siguiente. “La información proveniente del Vaticano ya no tenía que ser considerada como una fuente meramente religiosa, relevante solo para el mundo católico, sino que el Vaticano tenía que ser considerado como una de las principales instituciones mundiales. La figura del papa tenía que convertirse en un punto de referencia prioritario en el escenario mundial. 
Para lograrlo, había que modernizar las estructuras informativas de la Santa Sede. El papa lo entendió y lo aceptó… Entendió —y así se lo dijo— que la gente tenía derecho a ser informada y que, por lo tanto, el Vaticano tenía que respetar ese derecho”, cuenta en el libro Valentina Alazraki, corresponsal de Televisa en Roma.
Un sector del Vaticano veía el exceso de comunicación como una pérdida de poder y de control
Fue un hombre clave, por tanto, del mediático papado de Juan Pablo II, pero no sin resistencias iniciales: un sector de las altas instancias vaticanas pensaba entonces (y ahora) que la opacidad es poder, pero Navarro-Valls entendió que la comunicación también era poder. 
“Nadie en la Secretaría de Estado del Vaticano era consciente de la estrecha relación que existía entre gobierno y comunicación: en el sentido de que la eficacia de una línea de gobierno depende inevitablemente de su comunicación… El doctor Navarro era absolutamente consciente de eso… Pero en una realidad compleja como la del Vaticano, nada resulta fácil. Y la relación entre el gobierno y la comunicación tuvo que construirse y reconstruirse contra posiciones y actitudes que desconfían de la comunicación o la ven como una pérdida de poder y de control”, explica en el libro Federico Lombardi, antiguo director de Radio Vaticano.
“Tienen miedo a la prensa', decía Navarro-Valls, ‘y yo trato de ayudarlos’. Y eso era muy cierto. Al profesionalizar el servicio de información del Vaticano, también enseñó al clero a hablar con los reporteros, y esto fue una novedad para la mayoría de ellos”, escribe Janne Haaland Matlary, profesora de Política Internacional de la Universidad de Oslo y secretaria de Estado del Ministerio de Asuntos Exteriores (1997-2000).
El trato directo con el papa le ayudó a eludir las resistencias internas: tenía el respaldo del jefe supremo
Hablamos con Rafael Navarro-Valls —jurista y catedrático de la UCM— para conocer las claves del trabajo de su hermano: 1) “Joaquín le hizo ver a Juan Pablo II que la diplomacia tenía que ser más transparente, guardando las naturales reservas”. 2) “La sala de prensa del Vaticano era un poco desastre a su llegada. Faltaban expertos. Convenció al papa de dar un giro de 180 grados. 
‘Doctor Navarro: usted haga lo que tenga que hacer', solía decirle Juan Pablo II. Este libro se acaba de presentar en el Vaticano; durante el acto, se mencionó varias veces la ‘revolución’ comunicativa llevada a cabo por Joaquín”. 3) “Cuando le ofrecieron el cargo, exigió trato directo con su jefe, es decir, con el papa. Evidentemente, esto no gustó a una serie de mandos intermedios del Vaticano: querían seguir actuando con la opacidad habitual. Joaquín rompió con esta opacidad en asuntos tan delicados como la enfermedad del papa y la persona que atentó contra Juan Pablo II. 
El trato directo con el papa le ayudó a eludir las resistencias internas: tenía el respaldo del jefe supremo”.
Insistamos en este último punto: las resistencias internas dentro de un mundo poco dado a los cambios. “Su gran autonomía no gustaba en la Secretaría de Estado y creaba fricciones. La forma de informar sobre la salud del papa, que quería que fuera totalmente transparente, le causó varios problemas. 
Por ejemplo: en una ocasión el papa se cayó en el baño y se rompió el fémur. Joaquín lo contó tal cual a los periodistas. Hubo quienes lo cuestionaron y le preguntaron por qué había mencionado lo del baño… ‘¿Acaso el papa no tiene un baño?’, replicó Valls”, según cuenta Alazraki en el libro.
"El Vaticano tiene miedo a la prensa", decía Navarro-Valls
La curia "no apreció al comienzo su libertad —consecuencia de su relación personal con Juan Pablo II—, y en repetidas ocasiones trató de redimensionarla”, según escribe Luigi Accattoli, escritor y periodista en ‘La Repubblica’ y ‘Corriere della Sera’, que añade: “La curia llegó a apreciar, con el paso de los años, los resultados de su obra, es decir, su ROI, ‘return on image’, el ‘beneficio de imagen’ para la figura del papa y de la institución vaticana".

Willy Fog

Navarro-Valls, que había sido cocinero antes que fraile, no solo aprendió a modular la opacidad interna: también sabía cómo alimentar a la prensa. “La Santa Sede debía presentarse no como el adversario conservador sino como una fuerza positiva para el cambio en el mundo… Típicamente suyo era pensar en algún ‘cebo’ sorprendente para dar a la prensa; algo de ‘comida’… Reconocía que tenían un trabajo que hacer y que debían encontrar algo sobre lo que escribir, y siempre estaba dispuesto a reunirse con periodistas de varios medios de comunicación. ‘Aprender a jugar con la prensa’, decía en momentos más cínicos”, recuerda Janne Haaland Matlary.
Pero hay más: Navarro-Valls se acabó convirtiendo en el fontanero de Wojtyla: los viajes internacionales fueron estratégicos para Juan Pablo II, el Willy Fog de los papas, y Navarro-Valls se dedicó a desatascar las cañerías de los lugares que visitaba el pontífice, incluida la histórica y compleja visita a Cuba (enero de 1998).
El momento decisivo de las negociaciones Vaticano/Cuba lo protagonizaron Fidel Castro y Navarro-Valls durante una de esas largas veladas nocturnas en La Habana en las que Castro estudiaba a su interlocutor al tiempo que le pasaba un rodillo dialéctico por encima.
“Joaquín habló durante horas con Castro. Me contó que Fidel estaba fascinado por la figura de Juan Pablo II, había leído sus encíclicas, pero quería saber por Joaquín quién era el papa como hombre”, cuenta Alazraki.
Resumiendo: duelo de titanes de la comunicación. El largo verano del siglo XX y la Guerra Fría.

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